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Niños y Perros, Aprende a Respetarlo, Castro-Castalia Bullmastiffs
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Niños y Perros, Aprende a Respetarlo, Castro-Castalia Bullmastiffs

Niños y Perros, Aprende a Respetarlo, Castro-Castalia Bullmastiffs

Si queremos que la relación entre el niño y el perro no se vea frustrada ni en peligro,
tendremos que enseñar al primero a respetar al segundo.
Ello porque muchas de las acciones que el niño emprenda ante un perro, pueden ser interpretadas
por el animal como agresiones de distinta índole y su instinto, básico, primitivo, atávico,
puede llevarle a defenderse de la única manera que sabe y puede…
Emprendiéndola a dentelladas.
Es pues vital que padres y tutores sepan evitar situaciones que pudieran derivar en conflicto.
Sólo así evitaremos riesgos innecesarios.

Ya vimos en el capítulo anterior cuán impredecibles pueden ser las reacciones de un perro y, también, las de un niño. Ambos resultan muchas veces erráticos en su proceder. Y por tanto, ambos deben ser controlados. Y es obligación de los padres o los adultos al cargo, saber ejercer ese control adecuadamente en toda circunstancia.

Hay una serie de normas básicas que deben ser seguidas a pies juntillas por las personas responsables, para evitar, en la medida de lo posible, desmanes que podrían tener consecuencias desagradables para  todos.

Es un hecho que los niños, con sus voces agudas y su actividad frenética pueden irritar a los perros sobremanera y que incluso el animal más tranquilo y equilibrado, en un momento dado, llega a perder los nervios.  Es asimismo un hecho perfectamente constatado que ciertas actitudes del niño, como por ejemplo, rodear el cuello del perro con sus brazos o acercar excesivamente su cara al hocico del animal y echarle el aliento sobre la trufa, en actitud cariñosa pero a la vez exigente y demandante, pueden irritar a éste por entenderlo no como lo que es, como un gesto amigable, sino como una forma de agresión, como una amenaza.

Y también es un hecho que cuando un niño mira fijamente a un perro, sosteniendo sus ojos en los de él durante lo que quizás no sea más que una fracción de segundo, pero al animal le parezca una eternidad,  éste puede sentirse agraviado y responder en consecuencia, enfadado y descontrolado.  Como lo es que un niño se “atreva” a traspasar ciertas fronteras invisibles que delimitan la intimidad del animal; por ejemplo, cuando está durmiendo, relajado y tranquilo, y se le acerca el pequeño, el perro lo puede entender como una invasión de su espacio más privado y reaccionar en consecuencia. Y lo mismo, cuando come de su plato, o cuando bebe agua de su bol. O cuando está jugueteando con su pelota o su muñequito de goma o su hueso de plástico y el niño, invasor descarado, se le acerca y se los arrebata.

Y todo ello porque el perro es mucho más primitivo que el ser humano; no ha depurado las emociones como lo hemos hecho nosotros y por lo tanto se rige única y exclusivamente por esa forma de comunicación visual y gestual que tiene aprendida y que trae en sus genes desde siempre. Así, cuando un perro mira a otro directamente a los ojos, le está provocando. Cuando un perro agarra a otro por el cuello, le está dominando. Cuando un perro ladra a otro en la cara, le está increpando… Pues eso mismo y sólo eso es lo que el perro entiende cuando un niño se le pone delante y exhibe actitudes parecidas a las de otro congénere invasivo, provocador e irritante.

¿Qué cabe hacer entonces? Pues sencillamente educar al niño de modo y manera que no haga ninguna de esas cosas. Enseñarle para que entienda que lo que para él son acciones naturales, para el perro pueden ser agravios. Y si nada de todo esto es posible, especialmente cuando se trate de niños de corta edad que todavía no son capaces de comprender nuestros argumentos, entonces, lo único que cabe es evitar que las situaciones de riesgo se den. Y no permitir que los niños estén a solas con los perros en ningún momento. Así de fácil y así de complicado a la vez.

A la vista de todo lo anterior, el lector puede pensar que quien esto escribe está exagerando. Baste entonces dar unas cifras que son, por sí mismas, más elocuentes que cualquiera de los muchos argumentos que yo pueda dar en estas páginas… por ejemplo, en un estudio realizado por la Humane Society of the United Status (HSUS) sobre las 109 agresiones con resultado de muerte ocurridas del 1 de enero de 1989 y el  31 de diciembre de 1994 en los Estados Unidos (ver recuadro), se concluyó que el grupo de personas más afectado comprende a niños entre menos de un mes de edad y hasta los nueve años, seguido de otro grupo comprendido por personas de setenta o más años de edad. En el primer grupo, el de los niños de 0 a 9 años, que suman 44 decesos, se pudieron documentar y constatar perfectamente las circunstancias que ocasionaron el incidente en 28 de los casos, concluyéndose que casi la mitad de éstos (44,7%) ocurrieron en el ámbito del propio hogar, otro 28,9% tuvo lugar cuando los niños se encontraban muy cerca de perros propios o extraños que estaban atados y el 26,3% restante sucedió en entornos abiertos. Pero, y esto es si cabe todavía más llamativo, en un elevadísimo porcentaje de los casos (más del 80%) los hechos ocurrieron siempre cuando los niños estaban alejados de los padres o tutores y fuera de su control y vigilancia.

Hay todavía otros datos interesantes a considerar, de entre los muchos que arroja este estudio; en las edades comprendidas entre el año de edad y los veintinueve años, el numero de varones agredidos con resultado de muerte es significativamente más elevado que el de mujeres. La razón hay que buscarla en dos hechos importantes; de una parte, que los niños y jóvenes de sexo masculino suelen ser menos precavidos que las mujeres y, también, teniendo que cuenta –como vimos en el capítulo anterior-- que casi siempre son perros machos no castrados los que protagonizan los ataques, que los animales reaccionan más virulentamente contra personas de su mismo sexo con las que, de alguna manera, han de rivalizar al entenderlas como antagonistas. Curiosamente, en el caso de ancianos, las cifras se invierten y son muchas más las mujeres atacadas que los hombres, quizás porque se confían en exceso ante animales que no conocen, sin tener en cuenta las consecuencias que tal exceso de confianza puede llegar a tener para ellas.

El mes que viene continuaremos conociendo de qué forma lograr que la convivencia entre niños y perros sea óptima y exenta de riesgos. Queda, todavía, mucho por decir y saber.   

PRECAUCIONES BÁSICAS QUE EVITEN PROBLEMAS MAYORES.

  • NO dejar JAMÁS a un niño de menos de 12-14 años a solas con un perro: por muy fiable, cariñoso y atento que resulte un perro, nunca se deberá dejar a un niño a solas con él; ciertas actitudes del niño pueden ser, en según qué circunstancias, malinterpretadas por el perro y desencadenar en éste un comportamiento de defensa territorial, manifiestamente agresivo e indeseable.
  • Enseñar al niño que, ante la cara de un perro, NO deberá JAMÁS acercársele gritando, haciendo aspavientos ni corriendo, ni tampoco alejarse de la misma manera. Tales reacciones infantiles pueden desencadenar en el perro la necesidad de persecución que luego lleve, indefectiblemente, a acabar por hacer presa del pequeño.
  • Enseñar al niño que NO deberá JAMÁS acercarse a un perro desconocido para acariciarle o abrazarle. Esto mismo debe aplicarse a los perros conocidos, de vecinos o de amigos. No olvidemos que ciertas actuaciones del niño (gritos, gestos exagerados, correrías) pueden desencadenar en el perro el más atávico de sus instintos, el instinto de presa, cuyas consecuencias pueden ser llegar a ser  nefastas.
  • Enseñar al niño que NO deberá JAMÁS mantener su vista fija en los ojos del animal; al tener los niños una estatura inferior a la de los adultos, es fácil que se produzca el contacto visual entre ellos y los perros. Y dado que el contacto visual, en el “idioma canino” es una forma de agresión, se puede desencadenar en el animal una reacción de defensa que lleve a éste a atacar al que le provoca.
  • Enseñar al niño a respetar los “espacios” del perro: el niño debe aprender que no puede invadir aquél lugar que haya sido destinado al descanso del perro, ni tampoco debe acercarse a su comedero ni bebedero.
  • Enseñar al niño a NO rivalizar JAMÁS con el perro durante el juego: es esencial que el niño nunca juegue con el perro a tirar de un objeto (juguete, pelota, trozo de tela, osito de peluche, zapatilla, etc., etc.) pues en algún momento, tal actuación puede desencadenar en el animal el instinto de presa, acabando por atacar al niño al que vea como un rival a la hora de disputarse ésta.
  • NO atar al perro JAMÁS en el exterior a una cadena: un perro atado es un perro irritable y desesperado y cuando un niño se acerque a un animal estresado, es probable que este reaccione negativamente.
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(Texto original, escrito por Christina de Lima-Netto y/o Federico Baudin específicamente para esta página Web y protegido con Copyright. No puede ser reproducido ni total ni parcialmente por ningún medio, sin el expreso consentimiento de Castro-Castalia por escrito)

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